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No hay espacio para hombres

Borja "Lovimank" Costas

Por Borja "Lovimank" Costas


 Un nuevo mundo

Dedicado a todas aquellas personas que creyeron en mi. Cuando solo albergaba esperanzas y sueños en mis bolsillos, PowerUps, y especialmente a Alexandra, Marisa, la Familia Peman y la Esparó y a todos los “Moguris”.
       Borja “Lovimank” Costas.
Todo había salido como se esperaba, la nave había sido lanzada. Abordo yo, Aaron Shores, el piloto designado para inspeccionar aquella misteriosa esfera roja que había aparecido al borde del Cinturón de Kuiper.

Recuerdo vagamente cuando entré en aquella angosta nave a la vez que el pequeño grupo de ingenieros que me rodeaba iba conectando mi traje a la capsula de hipersueño. Iba a pasar dormido más de nueve años, un largo sueño.

Mientras me recostaba sobre la capsula que sería mi cama los próximos años me iban conectando al soporte vital, a una máquina que me administraría nutrientes durante el viaje, a otra que iba a ralentizar mi metabolismo otra que me mantendría dormido administrándome medicación para inducirme un coma profundo, así como calmantes, relajantes musculares y antipsicóticos para evitar la paranoia del espacio.

Así lo llamaban en las películas que recordaba de niño. Vi cómo se cuadraron, me saludaron y me desearon buena suerte. Sonó por la radio de la nave:

-Teniente Coronel, vamos a proceder a la hibernación. Relájese, mantenga la calma y sobre todo trate de respirar con normalidad. Como en las simulaciones, la próxima vez que contactemos ya estará a un día de su destino. Corto.

La radio cerró la comunicación y mi cuerpo empezó a relajarse, intentaba pensar en los ejercicios del simulador. El líquido amniótico que me mantendría en un estado de no envejecimiento incrementando mi regeneración celular y me mantendría a salvo de la radiación cósmica, así como de otros peligros empezó a subir lentamente por mi cuerpo. La capsula empezó a llenarse el líquido estaba frío como hielo, los calmantes estaban ya haciendo su función y me notaba más relajado que en los entrenamientos, pero cuando el líquido empezó a entrar por mi nariz y por mi garganta, ahogándome impidiéndome respirar, empezó el estrés, estaba perdiendo el control mi cuerpo convulsionaba hasta que, todo se volvió negro. Solo quedaba yo, ni vivo ni muerto, no soñaba, pero recuerdo tener alguna visión durante aquel largo sueño. Durante algunos momentos hasta pensaba en si sería así, si el paso previo a la muerte, al sueño final, sería como esto. Decidí abandonarme al sueño y dejé mi mente en blanco, no soy, no era más bien, una persona creyente, pero decidí hacer una plegaria en el silencio de mi mente para pedir que pudiese despertar al final de ese sueño.

Un pitido me estaba despertando, seguramente sería el fin del viaje, desde la Tierra el equipo de control me estaría despertando, por un lado, estaba nervioso y ansioso y por otro, aterrado. ¿Cuántas cosas cambiaría este descubrimiento? Cuando fui más consciente de lo que sucedía a mi alrededor vi las luces de alarma, la consola estaba desbocada registrando datos, el pitido se volvió insoportable ya estando plenamente consciente. No me asusto eso, estaba preparado para los inconvenientes o para las emergencias, me habían entrenado bien. Lo que de verdad me aterró fue que la nave estaba entrando en un campo de gravedad, estaba siendo atraída hacia algo. Como cuando una nave hace un ángulo de entrada en la atmósfera, sentía la misma turbulencia y la misma sensación. Traté de liberarme como pude de la capsula, pero era imposible, estaba condenado en ese ataúd gelatinoso. Un trozo de roca posiblemente algún deshecho espacial de un meteorito impactó contra la nave haciendo que se desprendieran algunos paneles y aparatos por suerte uno de ellos rompió el cristal del que la suerte quiso no fuera mi sarcófago. Me apresuré a romperlo y cogí tan rápido como pude la máscara de mi exotraje y me puse a los mandos de la nave. Traté por todos los medios de enderezarla y conseguir un ángulo óptimo de entrada, la consola se había vuelto loca no sabía decirme donde estaba ni cual era mi posición, solo volcaba datos y datos a la consola de vuelo. Conseguí mantener a duras penas el control de la nave, que ya en la atmósfera los sensores de la nave me decían que el aire exterior era respirable, y un alto índice de humedad.

Por un momento todo se paró y me dije a mi mismo:

-¿Estoy de vuelta en casa?

Las turbulencias eran enormes, la nave empezó a vibrar descontrolada no podía aguantar la presión que los mandos hacían sobre los alerones. La nave estaba al límite hasta tal punto que se partiría un ala si no hacía nada. Cuando ya había descendido bastante, copos de nieve se estrellaban contra el cristal de la nave y este se estaba empezando a congelar. Ante mí, la tormenta por la que estaba pasando decidió darme una tregua, no había apenas cruzado un par de sistemas nubosos cuando ante mí se alzaba la ira de Dios, varios tornados de fuerza cinco estaban danzando alrededor de aquella tormenta de nieve. Me estaban arrastrando hacia ellos, iban a devorar la nave y a esta conmigo. Vi un sistema montañoso a mi derecha y traté de dirigir la nave hacia él y buscar un sitio en el que aterrizar y proteger la nave de esa fuerza de la naturaleza. Cuando estaba a punto de tomar tierra, un golpe racheado del aire zarandeó la nave con tal fuerza que esta chocó contra la ladera y lo que iba a ser un aterrizaje limpio se convirtió en un aterrizaje forzoso. La nave descendió por la ladera, cuando esta llegó al suelo y se frenó en seco al impactar el morro contra el suelo, se rompió el cristal frontal y salí despedido, todo se volvió blanco. Al cabo de lo que pudieron ser horas desperté, la cabeza me daba vueltas menos mal que llevaba el exotraje puesto. No había rastro de ningún equipo de rescate, vi la nave hecha polvo a unos metros de mí, acto seguido. Miré al cielo buscando alguna nave de rescate, pero me llevé la mayor de las sorpresas, y el miedo se apoderó de mí definitivamente. Había tres lunas en el cielo.

-Si no estoy en casa. ¿Dónde estoy?

Con una gran congoja en el cuerpo y un sentimiento de soledad solo superado por el desconcierto de lo que ante mí se cernía solo alcancé a decir con voz titubeosa.

– Aquí el Teniente Coronel de las Fuerzas Aereas de las Naciones Unidas de la Tierra Aaron Shores, documentando y dejando constancia de mi existencia a quien encuentre esta grabación en mi exotraje.

Continuará…

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